Espero que un día se invierta el
gasto de un cohete a la investigación de una comprensión más adecuada de las
relaciones humanas” (Carl R. Rogers, 1968).
La
autoestima es definida por muchos autores y de muchas maneras, pero quizá una
de las más aceptada desde un enfoque educativo que tenga que ver con los procesos que ocurren en diversos niveles y
espacios, se relaciona con la actitud hacia uno mismo generada en la
interacción con los otros a partir de la percepción de nuestra valía, concepto
y valor que nos damos a nosotros mismos.
Este proceso se va construyendo desde
nuestros primero años de vida e incluso hay quienes piensan que ocurre desde
mucho antes, sin embargo lo que si queda claro que como proceso se va construyendo
paulatinamente y que en ese camino ayuda mucho las experiencias positivas y
significativas de nuestro entorno.
En realidad
se trata de un juicio que se aprende, cambia y se puede mejorar ya que al ser
un producto social, se desarrolla en la experiencia social, en el contacto con
los demás, por ello es de gran significancia la educación en la primera
infancia.
La
autoestima alta es importante para todas las personas, específicamente para los
docentes, pues le posibilita mayor seguridad, confianza a la hora de conducir
el proceso de enseñanza aprendizaje, le permite afirmar su vocación, otorgar más
valor a lo que sabe y a lo que puede ofrecer, a sus metas, creatividad y seguridad frente a sus estudiantes.
En opinión de muchos, este
sería la clave para mejorar su desempeño docente, asumir los retos que le impone el mundo actual porque los
aleja de la complaciente zona de confort que le ofrece la compasión, victimización
y la defensa de su remediable desempeño.
La
práctica pedagógica señala una imbricación, al menos teórica, directamente proporcional entre los niveles de
autoestima y los niveles de aprendizaje. Bajo esta lógica al aumentar la
autoestima del estudiante, estaríamos aumentando la oportunidad del aprendizaje
y viceversa.


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